
La Mesta, la Cañada Real y las ermitas olvidadas de Villamanta.
En la primavera de 1668, la Cañada Real volvió a hacerse visible en Villamanta.
Durante años, algunos tramos del antiguo paso ganadero habían acabado convertidos en tierras de labor. No necesariamente por mala fe, sino quizá por costumbre, por necesidad o porque los límites del camino se habían ido borrando poco a poco en la memoria del pueblo.
La llegada de los apeadores de la Mesta cambió esa mirada. Con una cuerda de noventa varas, escribanos, testigos y vecinos, el documento fue devolviendo nombre a cada lugar: la mojonera de Casarrubios, la Cumbre de Villanueva de Perales, las Eras, la Venta Vieja, la Ermita Vieja de San Bartolomé y la Ermita Vieja de San Sebastián.
Lo que parecía solo un pleito por tierras termina revelando algo mucho más profundo: un paisaje antiguo de caminos, ermitas, pastores y labradores, donde Villamanta aparece atravesada por una historia que todavía duerme bajo sus cerros.
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